Celebramos nuestro sexto aniversario impulsando la revolución de Gianna Velarde. 

Las sombras de las nubes han dejado de bailar sobre las dunas. El viento se ha detenido; ya no sopla y el desierto ha quedado quieto y mudo. Son casi las 12 del mediodía, el sol quema y Gianna aún no ha llegado. A lo lejos, a más de 2 kilómetros, un punto se mueve en medio de la nada (y del todo). Crece cada segundo. Parece que viene hacia nosotros. El silencio se rompe. Escuchamos un zumbido a lo lejos, es un motor. Es ella. Nos alegramos, preparamos las cámaras, las luces y el agua. Nos movemos todos menos el viento. El calor distorsiona el paisaje en el que la vemos aparecer y desaparecer entre las dunas.

La velocidad la trae pronto. Apaga la moto. Se quita los guantes, los lentes y el casco. Nos mira y sonríe. La miramos y nos sorprendemos. Se ve más joven de lo que es, y mucho más fuerte de lo que nos habían contado. Se baja de la moto y descubrimos que no es muy alta. Alguien le pregunta por el peso de la moto, ella responde que 140 kilos. No hay duda alguna: tenemos 639 músculos, pero la fuerza viene solo de uno, del corazón.

Mientras el maquillador la retoca para la sesión fotográfica (no tiene mucho trabajo, ella es naturalmente linda), nos cuenta que empezó a montar moto desde que tuvo cáncer. El silencio regresa, el sol se esconde detrás de una nube y el viento empieza a correr; a esa palabra le tememos todos. Por suerte, Gianna nos cuenta que lo pudo vencer, fue un cáncer de ganglios a los 15 años. Sufrió, pero aprendió muchas cosas, como a valorar la vida.

¿Cómo alguien puede valorar la vida y elegir un deporte extremo que se la puede arrebatar en un segundo? La respuesta llega solo al mirarla: valoras la vida cuando haces lo que amas, con sus riesgos y todo.

El maquillador ha terminado, el fotógrafo prueba el flash y Gianna pregunta cómo debe actuar. No tienes que hacerlo, tienes que ser tú misma –le decimos. Asienta con una ligera sonrisa; ser ella misma es lo que mejor sabe hacer.

Dos asistentes de producción, con pinta de fortachones, intentan mover la moto, no es fácil; en algunos sectores del desierto Iqueño la arena es extremadamente suave. Ambos se hunden en ella junto a su ego. Gianna se apiada y empuja la moto sin mucha dificultad. Mientras lo hace, les recuerda que durante 11 días recorrerá 5000 kilómetros de arena y tierra. “Sé cómo moverla” –grita. En ese instante, caemos en que es también una mujer muy empática. Los asistentes se sienten fuertes otra vez.

La cámara hace foco en su ojos y descubrimos que en su interior hay un sol que arde con mayor intensidad que el que tenemos sobre nosotros en medio del desierto. Es una revolucionaria, es una de las nuestras.

El flash nos avisa que la cámara ha disparado. Corremos hacia el monitor y vemos la primera foto. ¿Cómo la ven? –nos grita el fotógrafo. Como la primera mujer peruana que correrá y terminará la carrera más peligrosa del mundo en moto -le contestamos.

No nos dice nada. Sabe que salió perfecta.

La sesión termina minutos antes de que el sol nos abandone por completo. Gianna se coloca los protectores, los guantes y el casco. Enciende la moto y se despide con un pequeño gesto. Acelera y la tracción de la llanta trasera dibuja un dragón de arena en el cielo.

Mientras más se aleja de nosotros, más se acerca a nuestros pensamientos. Para correr un Dakar en moto a los 24 años hay que ser valiente, hay que ser Gianna Velarde.

No hay duda alguna, este será nuestro mejor aniversario. Cumplir 6 años empoderando y celebrando a mujeres que inspiran es el mejor regalo que una marca puede tener.

La Rambla.